domingo, agosto 21, 2005

Sputnik, mi amor- Haruki Murakami


—Tengo la cabeza atiborrada de cosas que quiero escri­bir. Como un granero atestado de cualquier manera —me dijo Sumire-. Imágenes, escenas, retazos de palabras, figu­ras humanas... Están llenos de vida dentro de mi cabeza, lanzando destellos cegadores. Y oigo cómo gritan: «¡Escri­be!». Pienso que de ahí tendría que surgir una gran historia. Tengo la impresión de que van a conducirme a algún lugar nuevo. Pero, llegado el momento, cuando me siento frente a la mesa e intento traducirlos en palabras, me doy cuenta de que se pierde algo vital. El cuarzo no cristaliza, todo queda en pedruscos. Y yo no llego a ninguna parte.
Sumire hizo una mueca, recogió la piedrecilla número doscientos cincuenta y la arrojó al estanque.
—Quizá, de base, me falte algo. Algo imprescindible que debe de tener todo escritor.
Cayó en un profundo silencio. Al parecer, me estaba pi­diendo una de las vulgares opiniones que solía darle.